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Lengua Reflexiones Escolares

Uso de mayúsculas: dificultades y estrategias

En este artículo quiero compartir con ustedes una secuencia de actividades que utilicé en un quinto grado, para enseñar el uso de las mayúsculas. Los invito a acompañarme en la lectura, para reflexionar juntos acerca de las dificultades de este proceso y pensar así en posibles alternativas.

Primera clase

Para comenzar a trabajar con el contenido, copié la siguiente información en el pizarrón:

Luego de conversar cada uno de los ítems y ejemplificar las diferentes reglas, pedí a los estudiantes que copiaran el texto en sus carpetas, a fin de tenerlo disponible como referencia.
Posteriormente se dividieron en grupos y confeccionaron carteles para reforzar lo que habían copiado. En ellos, no sólo volcaron esta información, sino que la complementaron con nuevos ejemplos, distintos a los que fueron trabajados desde la oralidad.
Hacia el final de la clase, les pedí que utilizaran algunas de estas palabras en distintas oraciones, para aplicar el contenido en un contexto más amplio.

La propuesta, como han visto hasta ahora, reviste un carácter tradicional y es la dinámica usual que se emplea en las aulas para la enseñanza de un contenido.

En general, consta de estos pasos:

1) Copia de la teoría.
2) Explicación.
3) Búsqueda de ejemplos.
4) Aplicación.
5) Ejercitación.
6) Evaluación.

Implica también una concepción conductista de la enseñanza: un estímulo produce una respuesta única e inmediata; el proceso no es relevante.

Luego de llevar a cabo estas actividades, me dediqué a corregir las producciones escritas de los estudiantes. Observé, con gran preocupación, que un alto porcentaje no había podido considerar todas las reglas ortográficas al mismo tiempo. Por ejemplo: si colocaban correctamente la mayúscula al iniciar la oración, olvidaban hacerlo al escribir el nombre de la ciudad (dentro de una misma oración).

Esto me llevó a pensar que quizás el considerar más de una variable al mismo tiempo, tuviera una dificultad intrínseca y su correcto manejo, estuviera estrechamente vinculado al grado de madurez de los estudiantes.

Segunda clase

Teniendo en cuenta estos aspectos, decidí adecuar la propuesta y centrarme en que solamente aprendieran (en una primera instancia) que “los días de la semana y los meses del año se escriben con minúscula”. Para no ser redundante, les propuse entonces volver sobre lo copiado e introducir el uso de las comas a modo de excusa para centrar nuevamente la atención en la escritura de las palabras.

Pensé que esta estrategia, sumada al remarcado de la inicial con minúscula, llevaría a que los niños copiaran correctamente del pizarrón. Nuevamente me equivoqué en mis suposiciones. Un 40 % copió los días de la semana y los meses del año, CON MAYÚSCULA.

Aquí volví a plantearme cuáles podrían ser las causas de cometer nuevamente el mismo error y pensé que quizás, al estar atentos a colocar las comas, habían olvidado que las palabras se escribían con minúscula. Nuevamente la dificultad de considerar más de una variable, parece que estaba teniendo alguna incidencia en este proceso.

Tercera clase

Decidí centrarme en el 40% de los estudiantes que seguían arrastrando el mismo error. Para mí era fundamental que memorizaran esta regla (desde mi punto de vista, ¡tan simple!)

Decidí ampliar el abanico de herramientas disponibles y propuse que resolvieran juegos interactivos online, sobre el uso de la mayúscula (sólo limitados a los casos vistos) hechos específicamente para trabajar sobre estas dificultades. Esta estrategia propició una leve mejora.

Para pensar

Llegué a algunas conclusiones provisorias:

  • Cuando los estudiantes llevaban tareas de ejercitación sobre este contenido, en un elevado porcentaje, venía del hogar con errores. Escribían los días de la semana y los meses del año con mayúscula, pese a estar convencidos que esa no era la respuesta correcta. Aquí me parece que algunas familias, les decían a sus hijos cómo se resolvía la actividad (desconociendo el modo correcto de escritura y perpetuando los errores). Y los niños se sentían más inclinados a validar la respuesta familiar que la ofrecida por el maestro.
  • Varios de los alumnos, al trabajar en otra materia, no trasladaban automáticamente el conocimiento aprendido. Parecían tener la firme creencia que el uso de mayúsculas sólo se debía tener en cuenta en el área de Lengua. Por este motivo, al copiar las mismas palabras en Ciencias Naturales (por ejemplo, los meses del año), lo hacían nuevamente con mayúscula.
  • Hay también un grupo de estudiantes, que nunca supera el 15 %, que siempre resuelve correctamente. Es metódico en el hacer, lee cuidadosamente la consigna y resuelve en consecuencia. Pocas veces comete equivocaciones graves y cuando lo hace, reconoce el error como una instancia necesaria, rehaciendo cuidadosamente sus trabajos. Casualmente (o gracias a) son estudiantes que pertenecen a familias que siempre acompañan y están presentes en los procesos de aprendizaje de sus hijos.

Esta forma de enseñar el contenido, me lleva a preguntarme:

  • Si un tema tan pequeño como éste, resulta tan difícil de aprender. ¿Qué nos queda esperar respecto a cuestiones más complejas?
  • Las estrategias de la escuela tradicional, que quizás antes tenían un cierto éxito (es cierto que se basaban en la memorización, pero al menos era una herramienta que los niños utilizaban satisfactoriamente), hoy no sirven en absoluto.

¿Por qué actualmente no resultan significativas las estrategias y propuestas de la escuela tradicional?

Podríamos enumerar cuatro razones principales:

1) Los niños están sometidos a miles de estímulos derivados de las pantallas y del modo de vida frenético de nuestras sociedades, que hace que no puedan focalizar su atención en un solo aspecto, por unos minutos.
2) La falta de disponibilidad de las familias para acompañar en la tarea educativa.
3) La sinrazón de la escuela tradicional (en términos de formación académica) y su desconexión con LO QUE SUCEDE POR FUERA DE SUS PAREDES, que es percibida por los estudiantes cada vez con mayor intensidad.
4) La falta de articulación entre los distintos grados de la escuela primaria, que lleva a que el contenido se aborde una y otra vez de la misma manera (sin complejizarlo) o por el contrario, se trabaje una sola vez.

Este panorama sin embargo, no debería desalentarnos sino llevarnos a la reflexión. Este modelo educativo que sostuvimos desde sus cimientos ha perdido su sentido, su razón de ser. Todas las señales nos indican que es hora de un cambio profundo, un cambio de paradigma.

¿Qué podemos hacer?

En cuanto a la enseñanza de este contenido, podríamos pensar por qué sería importante que los niños aprendan el correcto uso de las mayúsculas.
Quizás el cambio de paradigma tenga que ver, entre otros aspectos, con el objetivo de la escritura. Si los chicos escriben sólo para el maestro, es probable que no sientan la necesidad de revisar sus producciones escritas.
“El profe me entiende”, es una frase muy popular que esgrimen para justificar sus errores y “horrores” de escritura.

Teniendo en cuenta lo anteriormente expresado, las propuestas deberían tener siempre una finalidad concreta o un destinatario que no debería coincidir siempre con la figura del docente. Así, los estudiantes podrían:

  • Escribir un cuento o una poesía, que luego será publicado en un soporte de difusión masiva (revista, blog, cartelera escolar).
  • Producir una carta para manifestar un problema barrial, realizar una solicitud o un agradecimiento (y enviarla al destinatario correspondiente).
  • Aprender contenidos relacionados con la oralidad, porque luego se realizará un podcast que escucharán otras personas.
  • Generar folletos publicitarios sobre un lugar determinado, para que niños de otros grados que realicen una visita a dicho sitio, puedan utilizar esa información para obtener datos adicionales de esa experiencia.

A partir de este modo de trabajo, los estudiantes comenzarán a sentirse comprometidos con su escritura y velarán por la correcta escritura de sus textos.

El momento del cambio es ahora.
¡Hay mucho por hacer! ¡Pongamos manos a la obra!

 

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Pandemia educativa

Con la pandemia entre nosotros por tiempo indefinido, se desnudaron las falencias del sistema educativo argentino. Podemos hacer una lista de cuáles son, a grandes rasgos. También podemos entrar en la discusión de si la culpa es de la educación o de las desigualdades sociales. Que la culpa es del acceso a internet. Que la culpa es de las diferencias entre escuelas públicas y privadas. Que la culpa es de la corrupción enquistada en todos los gobiernos que han pasado hasta la fecha. Pero la verdadera discusión de fondo nunca se hace.

Fotocopiadora de ideas
Nuestro sistema educativo tiene la manía de copiarse de otros países, incluso replicando propuestas que en éstos habían resultado un fracaso.

La realidad es que nuestro sistema educativo no solo es totalmente obsoleto, sino que nos hemos dedicado, década tras década, a intentar cambiar absolutamente todo, tanto da si funciona o no, para copiar experiencias de otros países. Peor aún, la mayoría de las veces para replicar experiencias que han sido totalmente fallidas en su lugar de origen. Desechamos de raíz el conductismo que educó a nuestros padres y abuelos, porque era malo, porque no permitía pensar, porque no daba derecho a la opinión personal de los alumnos. Copiamos punto por punto el sistema español, que iba a permitir la federalización de los contenidos, pero para lo único que sirvió fue para que cada provincia manejara presupuestos educativos totalmente arbitrarios. Intentamos copiar experiencias educativas más alejadas de nuestra cultura, mirando lo que hacen Japón, Singapur o Finlandia, u otras más cercanas pero igual de diferentes, como México o Chile. Da igual, los contenidos siguen siendo totalmente descontextualizados, sobrevalorando a unos y subvalorando a otros. La relación entre docente y alumnos, esa de la que todas las teorías hablan y prometen apuntalar, es cada vez más distante. La relación entre escuela y familia está cada vez más rota. La tecnología suena muy bien en los discursos, pero en las escuelas se prohíbe el uso porque los chicos se distraen. Y se insiste en el error. Quedan aún más de 180 países para seguir copiando, ¿no?

Nuestro país ha sido cuna de grandes figuras. Y no me refiero al fútbol o al espectáculo solamente. Aquí han nacido pioneros en salud, líderes de la literatura, ejemplos en el mundo del arte. Y también grandes pensadores y educadores. Figuras que son consultadas en todo el mundo por su gran capacidad. Entonces, ¿por qué fallamos? Creo que la cuestión es bastante simple. Los argentinos merecemos un sistema educativo ARGENTINO. ¡No podemos seguir copiando nada! Culturalmente podemos tener semejanzas con algunos países de Latinoamérica, tenemos cercanía con las culturas española e italiana por nuestras raíces ancestrales, pero de todos modos ¡somos únicos! No puede ser que no podamos sentarnos a pensar una teoría educativa totalmente criolla. ¡Nos la debemos!

Claro está que los líderes políticos deben apoyar esta idea, alejada de intereses mezquinos. Pero también los educadores debemos ser quienes exijamos esto. Si sabemos que lo actual no funciona, si comprendemos que la educación va en picada, que siempre se nivela hacia abajo, etc, etc… ¡Digamos basta! Y creo firmemente que estamos en el momento ideal para hacerlo.

Escrito por Carlos Durán.

Activista educativo. Reconocido educador mendocino y escritor de literatura infantil, que ha transitado las aulas por más de quince años. Se ha desempeñado en escuelas urbanas y rurales, en distintos niveles. Su inconformismo por el sistema lo ha llevado a buscar nuevos y mejores caminos para lograr la excelencia educativa.

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El doble turno, MATA

-Decidí empezar a trabajar de otra manera- dijo Juan, el maestro, muy emocionado. – A partir del año que viene voy a enfocar mis prácticas de acuerdo al Diseño Curricular. ¡Me cansé de tanto libro de texto y de aburrir a los chicos!

Y llegaron las vacaciones.
Todos se fueron a veranear menos Juan que decidió invertir tiempo durante el receso escolar, en leer sobre pedagogía, didáctica, psicología, constructivismo, técnicas de grupo, manejo de la disciplina y otros cientos de documentos… todo lo relacionado con la educación iba a parar a sus manos.
El tiempo fue pasando y llegó el comienzo de un nuevo ciclo lectivo.
– Ya tengo una cierta idea respecto hacia donde enfocar mis prácticas.- dijo el maestro, sin saber que la realidad lo iba a despertar de ese mundo risueño, de ese idilio pedagógico.
Los primeros días de clase todo surgió de acuerdo a lo previsto. Juan preparaba las actividades que consideraba más valiosas, se esmeraba en utilizar materiales de calidad, se preocupaba por realizar una corrección consciente, que ayudara a sus alumnos a mejorar sus producciones escritas. Los padres tenían mucha consideración por este profesor, ya que dedicaba su tiempo a hacer lo que más le gustaba.
Sin embargo, todo comenzó a cambiar cuando tuvo que tomar un segundo trabajo (ya que con un sueldo no le alcanzaba para sostener económicamente a su familia).

Su nueva rutina consistía en levantarse a las seis de la mañana, ir a trabajar y regresar a su hogar a las siete de la tarde (tenía una hora de viaje), con una pausa de media hora para poder almorzar.
Al llegar a su casa, su familia lo esperaba, le reclamaba atención, afecto, compañía….
Esta escena se repetía día tras día.
En el nuevo trabajo, Juan tenía que dar muchos temas cuyo contenido no recordaba, por lo que debía estudiarlos previamente. Por otra parte, tenía que volver a leer sobre didáctica, para encontrar el modo más adecuado de enseñarlos. Y una vez hecho todo esto, tenía que preparar los materiales para los chicos.

Simplemente no pudo….

No pudo agregar más horas al día… no pudo inyectar más energía a su vida diaria (¡estaba exhausto!)… finalmente se cansó.

Y empezó a hacer lo mismo que todos los demás: usar el aburrido libro día tras día, sacar fotocopias y resolver ejercicios.

Como los temas no los sabía, se limitaba a parafrasear al libro.
Corregía en clase, aunque sus ojos vagaran por la hoja sin poder concentrarse.
Como estaba tan cansado, su paciencia cada vez era menor y responsabilizaba a los alumnos de no aprender, cuando en realidad gran parte de este problema se debía a la nula preparación de sus clases.

Y esta historia podría seguir largo rato…

Mi intención es hacer notar que es IMPOSIBLE que un maestro que trabaja en dos escuelas, pueda llevar a cabo prácticas significativas, constructivistas. El tiempo para estudiar los temas teóricos, preparar las actividades y corregir se limita, en el mejor de los casos, a una hora diaria (más el fin de semana). ¿Cómo se puede pensar en una enseñanza de calidad teniendo tan poco tiempo para invertir?

Y no hablemos de los abnegados docentes, que además de trabajar todo el día, ¡se siguen capacitando y estudian carreras y hacen cursos y especializaciones!
Por supuesto que esta situación, este contexto, no es culpa del maestro.
Es culpa de los que piensan que el docente es capaz de trabajar doble turno y que si se le aumenta el sueldo lo suficiente y se le exige más, rendirá más.
Se discute siempre el aumento de los salarios pero nadie parece advertir el hecho de que esta práctica de trabajar cerca de nueve horas diarias con chicos, es insalubre.

El doble turno debe prohibirse.

El maestro debe ganar lo suficiente para no necesitar un segundo trabajo.

Por supuesto que esta realidad, de concretarse, llevaría a considerar otros aspectos: estoy seguro que un profesional que trabajara medio tiempo y ganara lo suficiente, de todas maneras conseguiría un segundo empleo para ganar aún más. Lamentablemente tenemos incorporado el chip capitalista… nunca va a ser suficiente, siempre vamos a querer más.

Les propongo algo: vamos a reírnos un poco del sistema educativo: le vamos a decir al ministro de Educación cuántas horas tendría que tener el día para que pudiéramos enseñar como se espera:

Contenido: la reforma electoral
Grado: 7mo

Tiempo necesario

Para dar una clase de 80’, un maestro que quisiera enseñar de un modo “profesional”, requeriría:

Estudio del tema  1 hora
Lectura sobre didáctica específica del tema a enseñar  1 hora
Preparación del material  1 hora

A esto habría que sumarle otras tareas que también hace el docente:

Redactar notas para el cuaderno de comunicaciones   15 minutos
Informes y requerimientos institucionales   1 hora
Corrección de trabajos de los estudiantes   2 horas
Ir a sacar fotocopias y conseguir recursos para las actividades   2 horas

Quiere decir que fuera de la escuela, un maestro debería invertir 8 horas y 15 minutos para dar una clase de 80’. Por supuesto que la experiencia del docente reduciría estos tiempos a la mitad, ¡con lo que “sólo” necesitaría 4 horas diarias!
Y durante una jornada escolar, hay dos clases de 80’ + un módulo de 40’ (según la escuela y la distribución horaria). Si se trabaja en dos escuelas, este número se duplica.
Haciendo algunos cálculos diríamos que un maestro que recién se inicia en la docencia y quiere trabajar diariamente de un modo constructivista y significativo, requeriría de 32 horas aproximadamente, para preparar un día escolar. ¡Absurdo!
Obviamente a esta altura muchos de ustedes van a argumentar con mucha razón, que estos tiempos son más breves y que hay tareas (como los informes para el colegio), que no se cumplimentan todos los días. Eso es verdad, si bien los invito a pensar a cuánto podrían reducir el tiempo de preparación de las clases sin que esto influyera en la calidad de la propuesta.
No hace falta hacer muchas deducciones para entender cuál es el recorte en los tiempos que el maestro hace diariamente para poder sobrevivir.

¿Hasta cuándo seguiremos sin entender que para lograr una cierta calidad educativa se deben hacer grandes cambios?

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La teoría ¿Se aplica en nuestra práctica docente?

… comenzaré este texto diciendo que durante mi paso por el profesorado estudié mucha teoría y leí a muchos autores.
Me recibí y empecé a transitar por las aulas y me di cuenta que la teoría no se aplicaba. Quedaba puertas afuera.

Es más, si hacía gala de mis conocimientos teóricos, las maestras y directivos descubrían a un recién recibido que todavía no se había dado cuenta que “en la escuela pasaban otras cosas” y que la teoría era muy linda pero muy utópica.

Y ahí fue cuando empecé a ver que la escuela formaba al docente en un saber práctico, un modo de estar en la institución, casi siempre muy lejano a la formación recibida.

Descubrí que la teoría y la práctica no formaban una dupla amor-odio pero tampoco se complementaban. Simplemente iban por carriles separados y paralelos, sin tocarse nunca.

A partir de todo esto, no puedo dejar de hacerme el siguiente planteo: si un médico no aplica lo aprendido en su carrera y sólo se deja guiar por criterios de “sentido común”, no tendría mucho futuro en la medicina. Observaría los síntomas de sus pacientes pero no sabría cómo interpretarlos.

Un docente que no aplica lo aprendido en su carrera, es un docente que sobrevive  perfectamente dentro del sistema ya que la teoría que utiliza para guiar sus prácticas consiste en la observación de cada día y en la interacción con sus alumnos.  Construye su práctica como si de un oficio se tratara.

Se evidencia entonces que hay un modo de ser y de estar que se construye en las instituciones; un modo que es “siempre igual”, genérico, que los docentes aplicamos a todos los estudiantes por igual y que se repite a lo largo de los años.

¿Cuánto de nuestra práctica proviene de nuestra experiencia como alumnos?

Me atrevería a decir que la mayor parte. Es más, me arriesgo a afirmar que en muchas ocasiones damos clase en función de lo que vivimos y aprendimos como alumnos, no de lo que recibimos como producto de nuestra formación.

Y lo mismo ocurre con la disciplina, con la forma de entender a los niños, con lo que se permite y lo que se prohibe. Las decisiones que tomamos se basan en nuestro modo de entender el aula. Y esta forma de entenderla proviene de nuestras matrices de la infancia y de nuestra práctica cotidiana, no de nuestro basamento teórico como profesionales.

Propongo un experimento sencillo para comprobar lo que he estado diciendo….

¿Qué ocurre cuando tenemos que dar tarea y no la tenemos preparada previamente? ¿Qué sucede cuando tenemos que improvisar? Lo que suele suceder es que lo primero que se nos viene a la mente (y que llevamos a la práctica) es darles cuentas a los niños para que resuelvan…. Este tipo de tareas ¿nos fueron enseñadas en el profesorado como recursos válidos para cualquier situación? ¡Seguramente no!. Lo más probable es que nos hayamos remitido a nuestra niñez, cuando las maestras también nos daban cuentas para resolver de tarea.

Y un último punto importante… si en el profesorado recibimos una formación para enseñar de un modo Constructivista, ¿Por qué las prácticas tradicionales de enseñanza siguen existiendo en las escuelas?  Una respuesta tiene que ver con que los maestros seguimos reproduciendo en el aula el mismo esquema recibido durante nuestra escolaridad. Si no fuera así, si lo hubiéramos borrado por completo, sólo podríamos dar clase de un modo constructivista puesto que no conoceríamos otra manera.


Pongo un pequeño ejemplo: hace ya algún tiempo, antes de recibirme, tuve la oportunidad de visitar a una maestra de primer grado para preguntarle cuál era el método que ella empleaba para enseñar a leer y escribir. Yo estaba en ese entonces muy imbuido de aportes teóricos: pensé que la docente iba a decirme que ella utilizaba Psicogénesis, Palabra Generadora o cualquier otro método. Sin embargo, lo que ella me dijo fue: – Yo enseño a leer y a escribir- sin ningún tipo de alusión a teorías o autores. Esto me dejó pensando, ya que ella basaba su enseñanza en lo que le parecía mejor; se basaba en un “sentido común” que remitía a la forma en que ella aprendió a leer y a escribir (tiempo después me enteré que el método que utilizaba era la Palabra Generadora).

No quiero con esto emitir un juicio de valor; simplemente pienso que si somos profesionales, deberíamos poder actuar a partir de una teoría que nos respalde y que podamos fundamentar. Por supuesto que el sentido común en ocasiones es el mejor aliado pero nunca puede reemplazar el corpus de conocimientos que debería sostener nuestra práctica.

¿Cuál es el camino?

Deconstruir, romper, reconocer nuestras matrices, fundamentar nuestras prácticas, escuchar las necesidades de los niños, no dar nada por sentado, desnaturalizar el “sentido común”,  autoreflexionarnos, evaluarnos, entendernos, saber nosotros mismos porqué hacemos lo que hacemos y decimos lo que decimos.

Tomar conciencia de todo esto es el primer paso para el cambio…

¿Qué opinás?