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Reflexiones Escolares

Sobre docencias y recuerdos…

Hace ya 15 años que me recibí de docente de Nivel Primario en el Instituto de Formación Docente de la ciudad de San Carlos de Bariloche.

Allá lejos, tanto en el tiempo como en el espacio, quedaron las palabras, los recuerdos, las sensaciones de lo vivido y lo aprendido durante mi paso por el profesorado.

Años de transitar por la escuela y escuchar  siempre las mismas palabras en boca de distintos maestros:

 Ahora que estás en la escuela, vas a ver cuál es la realidad, muy diferente a la que te enseñaron.

Eso creativo que hacés ahora es porque recién te recibís, vas a ver que con los años te vas a cansar.

Mucho tiempo escuché esos discursos, demasiado tiempo quizás.. y es que en la convivencia diaria con los compañeros de trabajo uno tiende a irse homogeneizando en el pensamiento y en los modos de ser docente.

Sin embargo nunca dejó de latir en mí  una insatisfacción, una sensación de que las clases podían ser diferentes, más humanas, más significativas, “más divertidas”.

Y en el devenir de estos pensamientos  es que retomé estudios relacionados con la docencia. Empecé dos postítulos y una carrera sobre la Recreación.

¡Y esa decisión me devolvió a la vida!

Me rescató de los mares de la desesperanza, me salvó de esa depresión angustiante que todo el tiempo me susurraba al oído: -ánimo que ya es viernes- -ánimo que falta poco  para las vacaciones-.

Esa voz se extinguió para siempre.

Y surgió otra, una más esperanzadora, una que me decía que era posible un cambio real, profundo, importante… era la conciencia que me insistía con la idea de que los chicos son nuestro futuro, son nuestra esperanza y merecen lo mejor que la humanidad puede darles.

Y se me iluminó la vida.

Y muchas y rebosantes ideas hicieron fila para poder salir…

Ideas que hablan de proyectos, de nuevas ideas, de creatividad en todas sus formas.

Y una idea se me instaló  y no la pude sacar de ahí:

… que el saber es maravilloso, que es inaceptable que la escuela sea un lugar de aburrimiento, de repetición mecánica y de disciplinamiento…
… que no nos podemos dar el lujo, como educadores, de ser mediocres en nuestra tarea…

Pensé y pensé que esta utopía sólo podía ser realizable cuando la sociedad reconociera nuestro valor como educadores, cuando los padres nos apoyaran incondicionalmente, cuando los chicos fuera como nosotros quisiéramos que fueran, cuando las escuelas no se cayeran a pedazos.

Y entonces comprendí que eso no iba a suceder nunca.

Ahí me di cuenta que el tiempo de los cambios, ES AHORA.

¡Seamos excepcionales! ¡Dejemos huella!

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Dale…. animate!

Animate a enseñar de una manera única…

Animate a disfrazarte de payaso, a dar todo de vos, a ser auténtico con los chicos…

Animate a dejar una huella…

Animate a visitar a sus familias para saber cómo viven su infancia y para que ellos vean que su vida te preocupa.

Animate a recibir a tus alumnos cada día con una sonrisa. Hablales de lo maravilloso del mundo y de la vida, no didactices todo.

Contales de tus pesares y tus alegrías, para que vean que vos también sos un ser humano.

Mostrales que la escuela es un buen lugar para estar.

Mostrales que se pierden de mucho si no van.

 

Y actuar así, implica un riesgo…

Riesgo de que otros no te entiendan (o se pongan celosos por su propia mediocridad)…

Riesgo de que los padres te juzguen y se basen en lo superficial…

Riesgo de querer tanto a la docencia y a tus alumnos, de ser un adicto a tu trabajo.

Y ese riesgo existe y es real. Es el que todas las personas que deciden generar un impacto profundo en la vida de otros, deciden asumir.

¿Y vas a ganar algo con todo esto?

Seguramente no vas a tener más riquezas materiales.

Seguramente vas a lograr el odio de algunas familias, porque pondrás en evidencia sus carencias.

Seguramente hasta seas más pobre, porque no te va a importar invertir de tu bolsillo lo que haga falta para sacar a ese grupo adelante….

Y tu tiempo… simplemente no existirá, porque estarás largas horas pensando en cómo lograr un cambio significativo en la vida de esas pequeñas personitas.

Y después de todo esto, habrá muchos que piensen… y entonces ¿vale la pena ser docente?

Cuando pasen los años y mires hacia atrás y veas que aquellos niños a los que decidiste ayudar con todas tus fuerzas, hoy son buenas personas, sinceras, honestas, amables….
Cuando veas que esos chicos hoy viven una vida digna gracias a todas las enseñanzas que les inculcaste…
Cuando veas que esos niños, que hoy son quienes toman decisiones en este mundo, se preocupan por los demás; es en ese momento en que realmente tomarás conciencia que ¡valió la pena!